Había días que Galio pasaba la noche sin dormir. Y ese día podía librarse de la bronca diaria y de los muchos castigos.
La desesperación de Agnes iba cada día en aumento. El niño ya tenía edad para no mojar la cama, su paciencia tenía un límite. Quería al niño, lo había alimentado con su propia leche, lo había visto crecer. Pero este crío era terco y desobediente, no le daba la gana de esforzarse, era un cochino y lo peor de todo, lo hacía para mortificarla a ella que era la que más lo quería. Así le pagaba su dedicación.
No podía quejarse con Sebastiá. El hombre parco en palabras como era, no le admitía quejas, ella lo había querido, ahora ya era tarde. El a su manera también quería al chico. Pero no estaba de acuerdo con los privilegios que según el gozaba. Si se meaba no era su problema, que durmiera mojado y sucio todos los días y punto.
En ocasiones la tensión en la casa, a causa de los dichosos pipís, se hacía insoportable. Agnes gritaba descontrolada. Se tomaba como una agresión personal el hecho. Veía al pobre Galio como un monstruo de maldad y además había de soportar la irritación de Sebastiá que la hacía culpable de todo. Sebas se dedicaba a pasar más horas en la fragua que gracias a Dios trabajo no le faltaba.
