sábado, 28 de noviembre de 2009

Miraba sin comprender, la tarde decaía, su cabecita rapada se apoyaba en su mano,sentado en el seco suelo debajo de un récio pino, se sentía atribulado.
¿Quien eran aquellos señores? ¿Por que preguntaban por el?
Oyó a lo lejos a su madre que le llamaba._ No iré _decía para sus adentros_¿Por que no me explican nada? ¿Por que mamá llora?¿Por que me han encerrado debajo de la escalera?_
Las voces se tornaron angustiosas, Gálio se acarició las rodillas llenas de costras y se levantó. Sacudió su exiguo pantalón y se dirigió camino del pueblo, que quedaba a sus pies. Descendió al trote por el sendero. El atardecer era dorado y rojo, pero a sus ojos infantiles esto no era importante. Su madre "La Agnés" como la llamaban en el pueblo, le esperaba con los ojos enrojecidos_¿Lo habrá oído?_Se preguntaba.
Cuando se encontraron, ni media palabra, lo tomó de la mano y lo zarandeó. El bajó la cabeza, sabía que padre estaría furioso. Para su sorpresa, padre no dijo nada, se limitó a mirarlo muy serio y le señalo la silla en la mesa al lado de su hermana. Los niños se miraban sin entender que estaba sucediendo, pero nadie hablaba. Tanto ceremonial no era normal . La voz de padre se alzó_La sopa se enfría_
Pasaron los días y todo seguía igual. Galio esperaba algún indicio que le explicara aquello. Con sus casi ocho años ya se daba cuenta de muchas cosas.
Siguió la rutina, madrugar para ayudar a madre en el huerto, mientras padre trabajaba en el taller, la única herrería del pueblo. Su hermano Pep junto con su madre hacían las tareas más pesadas. En una cesta estaba Laia muy tapada, prácticamente no se apreciaba que hubiera una criatura, hacía frío a esas horas, aún no había salido el sol.
No, no había escuela, en aquella época no era habitual en los pueblos. Sin embargo Galio gozaba de un trato especial por parte del cura del pueblo. El al igual que su hermano mayor y otros chavales ayudaba en la iglesia, y sin embargo el padre Anselmo lo tomó bajo su protección. Galio no entendía porque a sus hermanos no les enseñaba el padre Anselmo a leer y escribir. Porque cuando preguntaba a sus padres sobre ello no le contestaban. Pero se resignaba a ser diferente, siempre fue diferente. En el pueblo los niños se burlaban de el y le llamaban "el gabacho", el padre Anselmo lo diferenciaba. Sin respuestas dejo de cuestinárselo, pero le mortificaba. Y ahora aquellos hombres ¿Que querían de él?
Galio oyó más de lo que hubiera querido, decían algo de su madre... algo así como que le estaba buscando. Y todo aquel revuelo_¡Los municipales! ¡Los municipales!_¿Que estaba pasando? ¿Acaso no veían en la puerta a su madre? Y el debajo de la escalera, allí le hicieron ponerse con precipitación sus padres.
Pasaron más días, la rutina y la falta de respuestas calaron en su ánimo. Por la noche desde la ventana de su habitación Galio miraba las estrellas, se encontraba a gusto entre sus ásperas mantas oyendo la suave respiración de Pep. Le costaba dormir porque hacía mucho frío, el calor de la herrería que mantenía tan cálido el piso de abajo, no alcanzaba al piso superior, a pesar de que la casa era pequeña no bastaba. Tiritaba, parecía que su diferencia alcanzaba hasta ese punto, siempre era más friolero que sus hermanos. Pero contemplar las estrellas, mientras entraba en calor era un momento mágico, en el que hacía volar su fantasía.